El cajigal balumba de lo irremediable a lo inesperáu.

sábado, 28 de agosto de 2010

___* (es la línea del horizonte con el sol saliendo por el este)

Recién llegado del pueblo estaba por la parte de atrás de mi edificio, donde hay unos antiguos búnkeres clausurados y un pequeño prado en cuesta que sube hasta la calle Alta. Estaba con un nuevo amigo, un vecino. No hacíamos nada, aburrirnos, como todavía hoy suele ser habitual en mí en la ciudad (en ésta).

Alguien nos tiró un huevo y me alcanzó en la cabeza. Otro vecino, tan aburrido como nosotros, quizá. Ni cortos ni perezosos mi nuevo amigo y yo recorrimos toda la escalera llamando a las puertas para ver quién había sido y clamar justicia. Ocho plantas con al menos ocho puertas por planta (mis padres viven en el H, o sea, que ocho como poco). Una por una. Hacia el quinto el huevo ya me había endurecido el pelo (quizá por ésto, a diferencia de mi hermano, no me he quedado calvo). No dimos con el culpable.

Y es el día de hoy en que todavía no sé por qué recorrí todas las plantas del edificio de mis padres ni por qué lo cuento ni por qué cuento otras cosas íntimas que a nadie importa, salvo a mí, y no me da por escribir otras bonitas sobre, no sé, amaneceres, por ejemplo, que, a pesar de la noche, los hay, o sobre alegrías del corazón, que también las hay, dejará de haberlas, en lugar de describir las distintas fases de este eclipse que, mucho me temo, acabe por hacer del mundo un cascote de hielo quebradizo y una fruta siruenda de mi corazón.

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