El cajigal balumba de lo irremediable a lo inesperáu.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Obladí

El otro día también (los otros días dan mucho de sí), pasé junto al chico que suele tocar la guitarra y cantar canciones tristes en los soportales de la Plaza Porticada, ese horrible artefacto que levantó Franco tras el incendio de Santander (nuestro primer pelotazo urbánístico) porque toda ciudad castellana que se preciara (y nosotros, a nuestra manera, lo fuimos) debía tener plaza mayor (qué cerrazón de miras, los españoles), y me sorprendí, porque el chico que suele tocar la guitarra y cantar canciones tristes en los soportales estaba colocando una cuerda. Se me hizo raro.

Cuidando las cuerdas.

Cuando las suyas están tan hechas polvo, las de la garganta, cuando él mismo lo está, el chico que suele tocar la guitarra en la Plaza Porticada, ese horrible artefacto, y cantar canciones tristes.

Siempre hay algo.

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