Recuerdo la luz que emanaba de unos plafones del techo, de que eché de menos la del día, allí, en La Latina, radiante en otoño, de los posos del café que me acababa de tomar, de la barra, que era de mármol, de las vetas como olas, de que sonaba La Mala, una canción que no conocía y que no he vuelto a escuchar, aunque me gustaría, de los taburetes, demasiado altos, del cojinete, que estaba rajado. Me acuerdo.
Pero no de con quién estaba. Qué triste. Qué triste.
El cajigal balumba de lo irremediable a lo inesperáu.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
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