Resulta que en las rosas silvestres que cogimos para plantar en el terreno de casa venía un caracol. Lo vio Raquel y lo dejó metido en un vaso con una hoja de lechuga para luego bajarlo a la calle. Pero cuando fue a por él ya no estaba. Lo estuvimos buscando largo tiempo. Al tercer día, apareció debajo de la encimera, en la esquina.
Los rosales silvestres al final los dejamos en el alero de la ventana de la cocina metidos en agua hasta que se secaron.
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