Habíamos subido a limpiar de hierbas el solar del Alta de mi padre. El verbo cántabro adecuado es sorripiar. Antes hubo un almacén de azulejos y antes, el baile de la Sole. La Sole era mi bisabuela. El baile tenía una bolera de la que ahora no queda ni rastro. El último que alquiló el almacén lo rompió todo al marchar. Hubo que tirar lo poco que quedaba en pie por miedo a que se produjera un accidente. Desde entonces, procuramos mantener el solar limpio.
Aquí obligaron a tu abuelo a cavar cuando cayó Santander porque decían que tenía escondidas armas, dijo mi padre señalando una zona tupida de hierba. Es donde le hice yo un poco de huerta para que se entretuviera ya de mayor, completó. Es la zona que más me costó limpiar.
Cuando mi padre me dijo de subir, no me preocupé de llevar nada, así que terminé arrancando las hierbas como pude, pese a que él trató de impedirlo. Escribo esta entrada al día siguiente con las manos doloridas. Hoy es el Día de la Hispanidad (vivo en Perines y ahora mismo la banda municipal está tocando el himno de España). Él llevó unas tijeras de podar eléctricas. Mi padre se empleó en tres plumeros, infructuosamente, he de decir, y yo del resto. Pero sin prestar atención a nada. Únicamente reconocí una dama de noche que según mi padre era probable que tuviera su origen en el pequeño jardín que cuidaba mi abuela. Esa no la tocamos.
Yo soy uno de los últimos nacidos en Santa Clotilde. Según mi madre, no había ni gasas. Mi padre nació en la casa de enfrente. Los dos somos de la misma calle. Ninguno decíamos General Dávila cuando oficialmente se llamaba así. A mi padre le molesta que ahora se llame Paseo de Altamira porque los de la Finca Altamira eran unos altivos. No se relacionaban con nadie. No les querían.
Regresamos por El Alta. Vivimos muy cerca el uno del otro. En coche por Vía Cornelia, me dijo que de críos bajaban toda la cuesta en triángulo. En sentido contrario, por aquí venían los carros de los Valero, continuó, que volvían de llevar el tabaco de los barcos al almacén. El almacén sería la actual Biblioteca Central y Archivo, pienso. Llevaban algarrobas en la parte de atrás para dárselas a los caballos. Decían que les daba fuerzas. Nosotros se las robábamos para comer. Tenían hueso.
Un hueso duro como el rayo, dijo. Y ahora pienso en si este hueso duro como un rayo y no como una piedra tendrá o no que ver, ya adelanto que yo creo que sí, con las piedras del rayo que en Liencres creían que iban en la punta de los rayos, y que por eso te mataban si te daban, no por la descarga eléctrica, sino por el golpe de esta piedra que el poeta José Hierro decía que eran los fósiles de erizo, que yo de pequeño recuerdo ir a coger al Chiqui, donde ya no quedan.
Esta creencia es prerromana y paneuropea. Mi padre conserva su parte. No sé qué haré yo con la mía, así, sin tan siquiera unos guantes que ponerme.
