La casa montañesa tan sobria (el suelo empedrado del
corral poniendo estrellas a los pies, el
portal de los
niales, el olor a hierba fermentada, la
cucina que parece de charol tomada por el
sarru, los animales de tiza pintados en las paredes, el cálido
escañu, la
garabita prendida iluminando fugazmente la noche, el susurro de los escarpines o de los trapos para deslizarse en la planta de arriba, las paredes de tablas machihembradas de los
cuartos que dejan sentirse el uno al otro del otro lado, las manzanas de debajo de la cama, la luz alta que entra por la
tronera del
soberáu, el maíz reluciente, las vigas de roble que nunca paran quietas, recordándote a cada paso: estás aquí), la casa montañesa, a la que no sobra ni falta nada, en sintonía tras siglos de afinación, esa potenciadora de intimidad.