jueves, 2 de julio de 2026

Bajando del monte, huyendo de la tormenta

No sabíamos por dónde bajar, no queríamos volver por el mismo camino, nos había costado mucho llegar, así que tiramos a derecho.

Pero no por cualquier sitio, sino siguiendo el espinazo del pernal, que cada vez se hacía más estrecho: a un lado la garganta por la que oíamos gorjear al río, oculto en las profundidades, y del otro la niebla que avanzaba en columnas.

Poco a poco el bosque se iba haciendo más ralo. Era de sorprender lo numeroso de los árboles alcanzados por rayos. Nos sorprendía y también asustaba, porque los truenos retumbaban encima de nosotros. Las hierbas altas vencidas bajo el peso de la lluvia. Las flores hechas gurruños.

Entonces nos pareció descubrir una senda de hierba aplastada. Como horas antes habíamos oído perros por esta zona, pensamos que podían haber sido ellos, o los dueños, que los estaban entrenando para la caza. Seguimos el camino leve como sobre las aguas. Nuestra pretensión era conectar con la pista que se adivinaba a lo lejos.

En los peores tramos levantábamos con el palo la hierba que estaba aplastando la lluvia y allí estaba esa otra capa pisada.

Pero de camino encontramos una cama de animal grande vacía.

Luego otra.

¿De quién sería el camino, de qué? ¿De animal, de persona, de paisano o de turista, de animal salvaje o doméstico? ¿De quién, de qué?

Seguimos bajando. Se veía que el pernal iba a acabar de forma abrupta. Pero destacando contra el fondo había un árbol. Fuimos hacia él y efectivamente, estaba marcando el paso a la pista. Seguramente a este árbol nadie lo había plantado aunque sí apostaría a que estaba ahí porque nadie lo había talado. Es todo así aquí.

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