Fui andando al Bocal a bañarme. Había una plastaja de caloca pudriéndose en la arena, olía mal, no había mucha gente. Yo me puse cerca de la orilla. Me bañé tres veces. Entre baño y baño la familia de al lado aprovechó uno de los entrantes de arena entre las rocas para dibujar varios círculos en el suelo y jugar a tirar una piedra por turnos. Los puntos se sumaban dependiendo del tamaño de los círculos donde caía la piedra. Era difícil que no cayera en alguno. Él era un armario con una serpiente tatuada cubriéndole toda la espalda. No sé si estaba terminada o era así. En ella me fijé menos, pero también. Los niños se llamaban Dylan y Renzo. Hablaban cantando. Los padres hacían porque los cuatro fueran a la par, que ninguno ganara. Se llevaban bien. Se les veía a gusto allí. En estas la mujer se aparta un poco y dibuja una estrella. Yo estaba mirando al mar pero oía la conversación. Esta vale doble, dijo. Pero ahora todos vamos a tirar a la estrella, dijo él. Vale, pero si te arriesgas y fallas te quedas sin puntos, ella.
Siguieron jugando. Quedaron definitivamente empates.
El Bocal es una playa abierta al Cantábrico, una playa salvaje y peligrosa. Las olas vienen de un lado y de otro, pero todas terminan en la orilla.
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