"La historia de Rentería durante este periodo (…) proporciona una magnífico ejemplo de cómo, cuándo y de qué modo entraron en crisis los modos de vida tradicionales. El sistema solariego no pereció bajo abtrusos embates de la Historia abstracta o de sus enemigos exteriores: lo llevó a la ruina el desgaste que le impusieron sus propios beneficiarios, especialmente la burocracia hereditaria que monopolizaba y usufructuaba la administración municipal. (…)
Aunque la guerra de Independencia no fue especialmente mortífera para Rentería, resultó muy onerosa debido a los cinco años de ocupación del ejército francés, con su correspondiente cortejo de voraces recaudadores. Los franceses aplicaron los principios liberales introduciendo los impuestos directos tasados sobre los bienes y rentas del contribuyente, algo nunca visto en la fiscalidad tradicional, donde casi todos los tributos se cobraban sobre el consumo. Así pues, cada vez que el ocupante francés exigía a Rentería una nueva contribución, señalaba además lo que justamente tocaba abonar a cada vecino en función de su fortuna. Los ricos cargohabientes, que pese a su patriotismo e igualitarismo vascongado no estaban de ningún modo dispuestos a pagar la guerra de su bolsillo, ni a perder su tradicional sistema de ingresos, encontraron un modo de escapar al expolio y, de paso, incrementar sus fortunas a costa del vecindario.
El procedimiento consistió en que el concejo, apelando al sólido sentimiento de comunidad y solidaridad vecinal existente, decidió hacerse cargo de la totalidad de la deuda con los franceses, o lo que es lo mismo, de lo que los millaristas deberían haber pagado conforme al sistema tributario francés. Ahora bien, como la villa solo disponía de los ingresos obtenidos de sus bienes propios cuya explotación normal [el libro de donde están tomados estos párrafos también se ocupa de analizar este sistema "normal", igualmente tramposo] había paralizado la guerra, ¿de dónde sacar el dinero contante suficiente? Es en este punto donde los generosos millaristas se hacen cargo de la apurada situación del concejo y se apresuran a prestarle el dinero necesario, bien entendido que, finalizada la guerra, la villa reintegrará el préstamo más los intereses de rigor. De este modo la burocracia hereditaria no solo no perdió su fortuna, sino que al término de la guerra se había convertido en acreedora de los vecinos.
Para amortizar la deuda bélica, los millaristas decidieron cobrársela en especie, en porciones de los montes públicos -cosa que podían hacer porque, recordemos, dominaban el ayuntamiento- tasados y elegidos por ellos mismos. La mayoría de las parcelas escogidas se convirtieron en caseríos arrendados, cambiando profundamente la estructura económica local.
En conclusión, los cargohabientes de Rentería se las apañaron para aumentar su riqueza y convertirse en terratenientes aprovechando la crisis del sistema tradicional. (…) El concejo, enormemente endeudado con el estado, con la provincia y con los millaristas tradicionales, no pudo seguir prestando los servicios tradicionales, y no tuvo más remedio que introducir la fiscalidad directa para hacer frente a sus deudas, con lo que los artesanos y campesinos pasaron de ser beneficiarios a contribuyentes netos.
Pese a sus enérgicas protestas, los vecinos más pobres se vieron obligados a conseguir dinero como fuera para cumplir con sus nuevas obligaciones fiscales, lo que supuso la irrupción de la economía capitalista en los caseríos (…) En vísperas de la primera Guerra Carlista, tanto el concejo como los vecinos corrientes de Rentería estaban completamente arruinados (…) una situación general en casi todos los pueblos vascos.
Así pues, parece que los millaristas vivieron del manejo de los negocios públicos hasta que se presentó la ocasión de hacer un negocio redondo (…): arruinar el sistema tradicional y presentarse como sus salvadores, pues los notables culparon de todo a los franceses y a los liberales. En resumen, los millaristas mantuvieron las riendas del sistema oligárquico, pero supieron convertirse a tiempo en burgueses librecambistas. (…)
En lo que se refiere a la cultura y la ideología, los jaunchos destruyeron las bases del sistema tradicional, pero siguieron defendiendo con gran énfasis viejos valores como la xenofobia, el integrismo religioso, la rigidez de las costumbres o las relaciones paternalistas entre amo y arrendatario, de modo que dificultaron extraordinariamente la adaptación de la gente al nuevo estado de cosas. Al aferrarse a una ideología periclitada, puesta de nuevo en circulación por el carlismo, la oligarquía vascongada hizo que la guerra civil fuera el único modo de dirimir la crisis social."
Del fantástico libro Casa, Provincia, Rey: Para una historia de la cultura del poder en el País Vasco de Carlos Martínez Gorriarán, publicado por Alberdania en 1993, páginas 315-324.
miércoles, 6 de mayo de 2020
martes, 5 de mayo de 2020
Penalización tradicional del derroche
Yo solo digo lo que oigo en la calle
que es el típico argumento suyo:
el de la mujer de Revilla lo mismo que el de la mujer de Pesquera y ahora el de Lombó, la de Educación:
el atuendo
el lujo
que gastan
el no repetir modelo:
que no es de recibo
yo solo digo lo que oigo en la calle
que quién se va a fiar de alguien que cada vez que sale a la calle estrena modelito.
Esta penalización de lo que se considera derroche
y en políticos prueba de mala gestión
se enraíza en la tradición, aquí.
La tradición no porque sí
sino por lo que vale.
que es el típico argumento suyo:
el de la mujer de Revilla lo mismo que el de la mujer de Pesquera y ahora el de Lombó, la de Educación:
el atuendo
el lujo
que gastan
el no repetir modelo:
que no es de recibo
yo solo digo lo que oigo en la calle
que quién se va a fiar de alguien que cada vez que sale a la calle estrena modelito.
Esta penalización de lo que se considera derroche
y en políticos prueba de mala gestión
se enraíza en la tradición, aquí.
La tradición no porque sí
sino por lo que vale.
"Moriu", referencia de 1925
La palabra moriu la recogió mi tía Suca en un vocabulario dedicado a mi abuela, aquí y aquí, resumen aquí.
Por casualidad acabo de encontrar la primera página de un cuento de José D. de Quijano publicado en 1925 donde aparece. Cualquier referencia documental es valiosa. Pongo a continuación copia del documento. La palabra está en el penúltimo párrafo. El cuento completo se encuentra a la venta aquí.
Por casualidad acabo de encontrar la primera página de un cuento de José D. de Quijano publicado en 1925 donde aparece. Cualquier referencia documental es valiosa. Pongo a continuación copia del documento. La palabra está en el penúltimo párrafo. El cuento completo se encuentra a la venta aquí.
lunes, 4 de mayo de 2020
"La nostalgia feliz" de Amélie Nothomb, fragmento
"Unas horas más tarde me despierta la intuición de que debo mirar el paisaje: subo la cortina de la ventanilla y lo que descubro me deja sin aliento. El avión está sobrevolando las cimas del Himalaya, cuya blancura basta para iluminar las tinieblas. (…)
Permanezco pegada a la ventanilla, contemplando fijamente esos colosos nevados. La noche es una bendición, ya que hace posible esta vista: de día, la violencia de la luz me habría obligado a desviar la mirada. De noche, tengo la impresión de estar conociendo, en el transcurso de una expedición de submarinismo, a una familia de ballenas blancas, nobles e inmóviles, en esas tinieblas perfectas de penúltimos fondos que permiten apreciarlo todo mucho mejor que con las horribles luces de los hombres."
De La nostalgia feliz de Amélie Nothomb, libro incluido en el compendio dedicado a esta autora belga por la editorial Anagrama, pág. 610.
Permanezco pegada a la ventanilla, contemplando fijamente esos colosos nevados. La noche es una bendición, ya que hace posible esta vista: de día, la violencia de la luz me habría obligado a desviar la mirada. De noche, tengo la impresión de estar conociendo, en el transcurso de una expedición de submarinismo, a una familia de ballenas blancas, nobles e inmóviles, en esas tinieblas perfectas de penúltimos fondos que permiten apreciarlo todo mucho mejor que con las horribles luces de los hombres."
De La nostalgia feliz de Amélie Nothomb, libro incluido en el compendio dedicado a esta autora belga por la editorial Anagrama, pág. 610.
domingo, 3 de mayo de 2020
Radicales
Revilla llamando ayer en La Sexta radicales a los virólogos.
La economía se puede levantar de una forma u otra pero los muertos no, le respondió un virólogo desde el plató.
No pasa más porque no pasa más, pero hasta que pase.
La economía se puede levantar de una forma u otra pero los muertos no, le respondió un virólogo desde el plató.
No pasa más porque no pasa más, pero hasta que pase.
sábado, 2 de mayo de 2020
Primer día de alivio
Oímos un ruido persistente que no sabemos de dónde procede.
No somos los únicos.
Hemos bajado los plomos, cerrado la llave del agua. Otros también lo han hecho. No parece que seamos ninguno de nosotros.
Hemos apagado las luces del portal y de las escaleras.
Tenemos las llaves de la comunidad de cuando fuimos presidentes el año pasado. Los de este año se han ido.
Pudieran ser las tuberías del agua. Dice el fontanero que lleva nuestro portal que no tenemos bomba. No sabemos cómo nos llega el agua. En el ayuntamiento no nos cogen el teléfono.
Anoche bajé la basura y aproveché para llamar al telefonillo de uno de los vecinos con más edad. Tiene un bajo con arcones. Pero en su opinión el ruido viene de fuera.
Ha sonado el despertador a las seis de la mañana. El cielo rojo. El sol se nos ha adelantado. También los pájaros.
Los mirlos se mueven por parejas. Se posan en el alero.
Hay también una urraca que no está.
Y un autillo que es una grabación para espantarlos.
Guantes de látex, mascarilla quirúrgica, los mirlos sosteniendo el silbido, los primeros rayos de sol prendidos del pico.
La lumbre se prepara como un nido boca abajo. Mi madre enseñándome en la penumbra de la casa de Sopeña. El papel prendido dentro.
Sopla.
Pero ten cuidado con el humo.
Sopla como hace la lechuza del alero.
Los mirlos en el edificio de enfrente.
A estas horas no hay nadie.
Las farolas todavía encendidas. Pero la luz no llega a tocar el suelo, se diluye en el amanecer.
Han brotado los árboles. Desde nuestra casa se ven limoneros, impertérritos. Si han cambiado no lo hemos notado.
Nosotros tampoco hemos cambiado el uno para el otro.
El cerezo lo tuvimos que podar porque no podía sostener las ramas. En dos años reverdecerá, si lo hace.
Verde también en los resquicios de las baldosas.
Evitamos a los barrenderos por lo que puedan levantar del suelo.
Está pegajoso, oscuro.
La luz no llega.
Nos damos la mano pero con guantes no es lo mismo. Hay lugares que no recordaba que estuvieran ahí. Unimos puntos y descubrimos que estamos cumpliendo círculos alrededor de casa como pavesas.
La distancia de la lumbre.
Apártate del humo.
No nos miramos a los ojos.
El humo hacía llorar cuando la chimenea de Sopeña no tiraba porque no había corriente o porque se había taponado.
No nos reconocemos.
En nuestro salón hay chimenea, que no utilizamos. Cuando quitamos el gurruño de tela que la taponaba cayó un pájaro muerto. Estábamos buscando el ruido. No estaba dentro.
Los árboles del paseo están cubiertos de hojas que tapan el cielo.
No recuerdo si desde casa se ven estrellas.
El limonero siempre tiene limones. Las hojas me hacen dudar si son siempre los mismos. Pero no, porque a veces aparece alguno caído.
Estamos en la puerta del portal, de regreso.
A Raquel se le hacen los ojos agua.
No tenemos sueño.
Hay un mirlo muerto. Ha chocado contra la cristalera.
Subimos a casa y en el alero del edificio de enfrente hay un mirlo
solo
le oímos a él y no al ruido
el ruido viene de fuera
que dice:
como la espiral de humo
volverás
pero tú serás otro.
El papel prendido dentro.
No somos los únicos.
Hemos bajado los plomos, cerrado la llave del agua. Otros también lo han hecho. No parece que seamos ninguno de nosotros.
Hemos apagado las luces del portal y de las escaleras.
Tenemos las llaves de la comunidad de cuando fuimos presidentes el año pasado. Los de este año se han ido.
Pudieran ser las tuberías del agua. Dice el fontanero que lleva nuestro portal que no tenemos bomba. No sabemos cómo nos llega el agua. En el ayuntamiento no nos cogen el teléfono.
Anoche bajé la basura y aproveché para llamar al telefonillo de uno de los vecinos con más edad. Tiene un bajo con arcones. Pero en su opinión el ruido viene de fuera.
Ha sonado el despertador a las seis de la mañana. El cielo rojo. El sol se nos ha adelantado. También los pájaros.
Los mirlos se mueven por parejas. Se posan en el alero.
Hay también una urraca que no está.
Y un autillo que es una grabación para espantarlos.
Guantes de látex, mascarilla quirúrgica, los mirlos sosteniendo el silbido, los primeros rayos de sol prendidos del pico.
La lumbre se prepara como un nido boca abajo. Mi madre enseñándome en la penumbra de la casa de Sopeña. El papel prendido dentro.
Sopla.
Pero ten cuidado con el humo.
Sopla como hace la lechuza del alero.
Los mirlos en el edificio de enfrente.
A estas horas no hay nadie.
Las farolas todavía encendidas. Pero la luz no llega a tocar el suelo, se diluye en el amanecer.
Han brotado los árboles. Desde nuestra casa se ven limoneros, impertérritos. Si han cambiado no lo hemos notado.
Nosotros tampoco hemos cambiado el uno para el otro.
El cerezo lo tuvimos que podar porque no podía sostener las ramas. En dos años reverdecerá, si lo hace.
Verde también en los resquicios de las baldosas.
Evitamos a los barrenderos por lo que puedan levantar del suelo.
Está pegajoso, oscuro.
La luz no llega.
Nos damos la mano pero con guantes no es lo mismo. Hay lugares que no recordaba que estuvieran ahí. Unimos puntos y descubrimos que estamos cumpliendo círculos alrededor de casa como pavesas.
La distancia de la lumbre.
Apártate del humo.
No nos miramos a los ojos.
El humo hacía llorar cuando la chimenea de Sopeña no tiraba porque no había corriente o porque se había taponado.
No nos reconocemos.
En nuestro salón hay chimenea, que no utilizamos. Cuando quitamos el gurruño de tela que la taponaba cayó un pájaro muerto. Estábamos buscando el ruido. No estaba dentro.
Los árboles del paseo están cubiertos de hojas que tapan el cielo.
No recuerdo si desde casa se ven estrellas.
El limonero siempre tiene limones. Las hojas me hacen dudar si son siempre los mismos. Pero no, porque a veces aparece alguno caído.
Estamos en la puerta del portal, de regreso.
A Raquel se le hacen los ojos agua.
No tenemos sueño.
Hay un mirlo muerto. Ha chocado contra la cristalera.
Subimos a casa y en el alero del edificio de enfrente hay un mirlo
solo
le oímos a él y no al ruido
el ruido viene de fuera
que dice:
como la espiral de humo
volverás
pero tú serás otro.
El papel prendido dentro.
viernes, 1 de mayo de 2020
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