Estoy comprando ojitos en el súper y los veo con moratones. Pregunto y la que atiende me dice que es por las redes de arrastre. Pero están bien, asegura. No obstante me dice que a ella le dan asco así, con ese aspecto, desde que estuvo embarazada, como dándome la oportunidad de retractarme, expectante, las manos todavía en el aire, cerniéndose. Los ojos de los ojitos están claros así que acepto. Los escoge entonces con cuidado, los pesa y me pregunta si quita la cabeza. Sí, gracias, contesto, y advierto que al hacerlo quita también las espinas de los bordes: no, esas no, le digo, que churruscadas están muy ricas. Me da la razón y añade que cuando se los compraba a sus hijos es lo que ella comía, esas espinas churruscadas y las de la cola también.
Mi madre compraba en Colindres sardinas y para mí que estaba malo (asma) ojitos, por el precio. Para ahorrar, quiero decir. Mi hermano se quejaba de que a mí me compraran pescado y a los demás sardinas. Todavía es motivo de risa en mi casa. Lo recuerda mi madre.
He entrado casi de noche. Este súper cierra tarde. Debo ser el último cliente. A la pescatera se le nota el frío en la cara y a mí deben las ojeras, porque me pesan. Hablamos sobre el nombre de los peces. No hay ninguno que lo tenga puesto en la etiqueta como se dice aquí. Ella me da la razón y se lamenta. Pero tenemos que pensar en los demás, dice. Pero sin olvidarnos de nosotros, remarco. Ella me da la razón como yo antes a ella. Los ojos claros de los dos.
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