sábado, 22 de marzo de 2025

La habitación en cuevas

Las cuevas empleadas como lugar de habitación me dan mala espina, no me parece que los que en ellas vivieron lo hicieran a gusto, es algo que de siempre he tenido en la cabeza, me hace sospechar, no creo que fueran felices.

Pero leyendo el libro sobre los griegos antiguos de Edith Hall (Anagrama Argumentos, 2020) me encuentro con lo siguiente:

"El primer locus amoenus de la literatura occidental, a saber, la descripción que ofrece el dios Hermes de la gruta de Calipso en la Odisea, apela a los cinco sentidos, incluidos el olfato y el gusto, los dos más difíciles de reproducir con palabras:

Allí estaba ella, un gran fuego
alumbraba el hogar, el olor del alerce y del cedro
de buen corte, al arder, aromada dejaban la isla
a lo lejos. Cantaba ella dentro con voz melodiosa
y tejía aplicada al telar con un rayo de oro.

A la cueva servía de cercado un frondoso boscaje
de fragantes cipreses, alisos y chopos, en donde
tenían puesto un nido unas aves de rápidas alas [...]
En el mismo recinto y en torno a la cóncava gruta
extendíase una viña lozana, florida de gajos.
Cuatro fuentes en fila, cercanas las cuatro en sus brotes,
despedían a lados distintos la luz de sus chorros;
delicado jardín de violetas y apios brotaba..."

Maderas agradables ardiendo (me recuerda a descripciones que hace Anjel Lertxundi en sus novelas), bosquete a la puerta de árboles apropiados (la higuera montañesa, el fresno pasiego, el tejo de Resconorio), el miruellu cantando en la ramas (o dejando de hacerlo, echándole de menos) como en la tonada, flores (rosales, pipas, rucieras) regadas por manantiales, ramitas en agua de espino florecido... en la Odisea, en el origen. Da qué pensar.

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