Esa señora mirando el escaparate de una tienda de rebajas como a punto de escapar, guardando la distancia de huida
me lleva a, o me trae el recuerdo de
los domingos que voy al rastro y paso sin querer parar por donde el puesto de esa señora que siempre que me ve se toca los pendientes.
Fue que un día de lluvia salía de mi casa de la C/ del Sol y me la encontré buscando un pendiente que se le había caído y no era para encontrarlo. La acera mojada, los charcos, todo eran reflejos. Son un regalo de mi difunto marido, me dijo. Lloraba y lloraba y las lágrimas se le mezclaban en la cara con el agua de lluvia. Paré con ella y nos pusimos a buscar el pendiente perdido hasta que lo encontramos.
Desde entonces siempre que me ve se toca los pendientes y si me paro me lo recuerda y ella es fácil que se vuelva a poner a llorar.
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