A estas nubes se las llama bollu. Igual que a la espuma que sale cuando hierves la leche en un cazo y se te va.
La foto está tomada entrando al valle desde Santa Lucía, desde el coche. Otra vista del mismo día, esta vez andando desde la mies mirando hacia Sopeña (la casa que se ve en primer término la ha hecho un paisano haciendo caso a lo que sabe, por eso le ha salido una casa tan bonita y compenetrada con el entorno):
A estas nubes mi madre las llamó melenas. Supongo que haya una relación subterránea con las melenas de la pareja.
Se trata de un fenómeno persistente.
El Escudo se llama así precisamente por esto que estáis viendo. Es una de las fronteras más claras de La Montaña (me recuerda a la frontera de humo que se levanta frente al lobo en Joces, Bustabláu y otros seles de la cabecera del río Barcenillas). El Escudo o L´Escudu funciona como parapeto frente a las nubes que entran por el mar. No creo que este topónimo tenga una explicación bélica, aunque nunca se sabe.
Vuelvo a la carretera primera, otra vista, esta vez buscando el límite del mar de nubes:
Ahora viene el redoble de tambor.
En la vertical del Picu Castillu, cerca del paso de una vertiente a otra, cerca también de donde se cortan las nubes, hay un petroglifo neolítico que representa se dice que una serpiente. Se puede ver en el libro Después de Altamira, disponible en la web del Centro de Estudios Montañeses. Echadle un ojo. Raquel y yo creemos que en realidad se trata de una vista de la niebla cayendo. Una vista desde ese mismo punto donde un pastor, uno de los primeros, antepasado de los vaqueros cabuérnigos, la dejó grabada en una lastra hace unos cinco mil años. Se suma un animal aparentemente sorprendido. De estar en lo cierto, nos encontraríamos ante el primer paisaje.
Sé que suena fuerte pero estoy convencido de lo que digo. No es científico. Es lo que Raquel y yo vemos. No vemos una serpiente. Vemos un paisaje tomado por la niebla. Ojalá en el futuro haya medios para poder comprobarlo.

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