que no se hagan largos
como son, disimularlos
pedimos verla y la bajan en ascensor, en silla de ruedas
mi madre la abraza mientras yo le doy la mano
el ascensor permanece abierto y tiene un espejo
luego al revés, soy yo el que la abraza, y me veo
salimos a la calle, cruzamos la carretera y entramos al parque de la residencia
pequeñito
tiene unos pocos árboles frutales, parecen, aunque no veo que den fruta, quizá no sea tiempo, bancos debajo y un breve trazado de caminos de firme liso para facilitar el tránsito de los residentes, a muchos de los cuales les cuesta andar
estamos solos y nos ponemos un poco al sol y un poco a la sombra, para que le de a ella un poco de sol y a mí un poco de sombra
y mi madre en medio le canta
mi tía muy callada, las horas, quizá
le canta una montañesa para animarla
en voz baja: mi tía no reacciona
termina y echa un ijujú:
tampoco.
Es el segundo que escucho en vivo, quiero decir, no en una grabación o impostado en una actuación.
El primero fue a mi tía Geniuca, que se puso una hierba en la boca, hizo hueco con las manos y echó un jisquíu. Apenas sonó. Igual que el de mi madre.
Es donde queda. En las voces bajas de las mujeres.
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