Francisco Cubría descubrió media docena de geranios en una ventana que estaba encima de un escaparate de la C/ Calvo Sotelo, las únicas flores de toda la calle, reciente por entonces -había pasado poco tiempo desde el incendio y poco también desde que las clases subalternas habían sido desplazadas por los ricos que ansiaban tomar el centro de Santander-, y animaba a los vecinos en un texto publicado en prensa precioso a que pusieran más. Sigue sin tener mucho éxito su reclamo.
Lo leí ayer, que me compré de segunda una antología de artículos de este escritor publicada por la UC en 2016, y ayer mismo que pasaba bajo un balcón en la esquina de Cisneros con Jiménez Díaz, vi una jardinera con geranios muy tupidos encima de un tendal con un mono de trabajo secando.
Francisco Cubría no dijo de qué color eran las flores que vio en el centro hace setenta años. Las de ayer eran rojas.
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