miércoles, 24 de octubre de 2018

Quince, que es un número redondo

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Detalle de mural en Reinosa.

En esta otra se me ven más dedos:



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Pintada en Reinosa.

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Otra en la misma localidad.

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En escaparate de Reinosa.

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En Santander, en Pascua.

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En el Museo de Bellas Artes de Bilbao, antes de la reformulación del discurso emprendida por Kirmen Uribe (por cierto, de visita agotadora por intensa pero muy recomendable).

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Plato de Puente del Arzobispo (Toledo) del s. XVIII o XIX, precioso.

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En Santián (Los Corrales de Buelna).

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Huerta pejina en pleno centro de Santander.



Huerta pejina en pleno centro de Santoña.

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En corchera de bar reinosano.

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En ultramarinos santanderino. Es de esta misma semana, así que ya sabéis, ya llegó la cebolla lebaniega.

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En Campuzano.

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Esta placa está en el baptisterio de la iglesia de Terán, que está enrejada y con la puerta habitualmente cerrada, así que es difícil poder llegar a leerla.

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Lo mismo da dónde.

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Taza que sobrevivió al sitio de Varsovia. En realidad, no es solo por las adversidades que sufrió. El gusto por lo gastado por uno mismo y los suyos ("los suyos", la tradición y aquéllo de lo que cada cual decida sentirse heredero) es una querencia campesina, lo mismo en Japón (donde la cerámica con huellas de uso es adorada) que en Cantabria: vuelvo a traer aquí aquéllo que dije entradas más atrás sobre las sábanas que más gustan a las madres, las más gastadas, o trascendiendo el ámbito doméstico, lo que comenté hace tiempo sobre mi abuela, que cuando se le rompía el traje (estamos hablando de espacio público, es decir, estamos hablando en clave colectiva) procuraba hacerse otro igual para que pareciera el mismo.

1 comentario:

Serrón dijo...

La foto del punto seis en que se ve un mandil cargado de fruta, ¿es lo que se llama "senáu" o el "senáu" es cuando la carga se lleva más arriba?

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