domingo, 26 de febrero de 2017

Muchos pocos cada vez resulta más difícil que hagan un mucho

Lechugas de Cantabria a 25 cms. en el Eroski de Floranes.

Si esto es cultura y progreso

como decía El Carteru de Correpocu (trovador)

tenga una crecida el Saja

que nos lleve a todos lejos.

viernes, 24 de febrero de 2017

Casa adosada (antigua escuela) en iglesia de Santa Cecilia en Tarrueza y los porqués



Acceso desde el pórtico:



Los vecinos nos dijeron que era la antigua escuela. En Viaña (Cabuérniga) la escuela estaba en el campanario. En Carmona también en la iglesia. En tantas otras localidades.

Para solución arquitectónica similar, aquí.

Cruz empotrada:



Nada de lo que vemos es lo que fue, si es que fue algo: todo cambia, o desaparece.

Pasa con las casas montañesas: los paisanos las ven (las vemos) en constante evolución, no creemos que exista la casa canónica en términos académicos (cuyo modelo fijó el neomontañesismo -culto por definición, entendiendo culto en oposición ideológica a lo popular, polarización interesada que cuajó gracias al control, culto por supuesto, de los medios de producción ideológica de masas). No hay meta ni destino.

Tampoco hay orígenes.

Dentro de la iglesia de Lebeña, prerrománico, que es lo más antiguo que alcanzamos a reconocer de entre aquéllo que apela a nuestra intimidad, a nuestras creencias, estoy seguro que hay algo anterior, lo mismo que en la iglesia románica de Piasca, vencida por el manantial que nace en sus cimientos.

"Todo es combinación", nos decía el otro día Raúl, en Piasca.

"No hay orígenes, sólo porqués", me dijo una vez, hace tiempo, Raquel (y utilicé en el blog).

Los orígenes se construyen desde el presente (entainar es cuando se emprende una tarea de la que se espera obtener beneficio) de acuerdo con coordenadas actuales. Así la casa gótica, la casa llana. Es el origen porque es lo último que sabemos reconocer. Pero quizá antes había casas también de piedra con ventanas rasgadas en un solo bloque, irreconocibles estilísticamente, pero todavía entre nosotros. No valen a los cultos que buscan sus orígenes en las ventanas góticas con arquivoltas. No valen a los cultos que buscan sus orígenes en los manuales estilísticos. Porque no valen a los que necesitan creer en sus orígenes.

"Los seres humanos somos pasones", nos decía también el otro día Raúl.

Somos seres migratorios.

Somos combinación.

Sin origen ni destino.

Que nos hacemos preguntas. Y nuestras preguntas son nuestros intereses: demostrar nuestra nobleza que es la que justifica ideológicamente nuestro dinero, unos; entender el porqué del nombre de ese monte, el porqué de los vacíos, el porqué del ulular del búho, otros.

Mesa en el pórtico, quizá antigua concejil:



Para decidir.

jueves, 23 de febrero de 2017

Vacíos

Y no había sombra
porque todo estaba dentro.

"Pasiegos de Pas", conferencia de Ortega Valcárcel en la librería Gil

martes, 21 de febrero de 2017

La Vijanera, 1883

Nel antruíu de Piasca alcontrémonos con un vijaneru (que juéi cumu nós a jacer fotos a los zamarrones lebaniegos) al que li diji, enti corrindías, que tinía localizáu un libru antiguu con daqui párrafos al roti La Vijanera y que los pundría nel blog pa que tul mundu juera pa esfrutalos, y él por demás.

Acá volos pongo:

"El 31 de diciembre, día de San Silvestre, celébrase en estos pueblos de Ontaneda y Alceda, y entiendo que en casi todos los del Valle, una fiesta esencialmente popular y que no tiene igual en otros pueblos de España. Llámase La vijanera. En ese día, y sin duda por materializar el nombre del Santo del día, ejecutando acciones propias sólo de gente silvestre, vístense de máscara varios vecinos pobres y de buen humor con ropas viejas y sucias, unos de hombre y otros de mujer; quiénes con trajes de pasiegos, quiénes imitando los de otras provincias, no faltando alguno que se disfrace de fiera, en cuyo caso éste es conducido con cadena al cuello por otro hombre que figura ser el dueño de la alimaña. Una comparsa numerosa de máscaras bien vestidas acompaña a los que hacen de bufos en La vijanera.

Hasta aquí la broma no tiene nada de particular: esto o algo parecido se ve hasta en poblaciones de primer orden en los días de Carnaval, en que se exhiben algunas máscaras por las calles dignas de ser enviadas a la cárcel solo por el hecho de ofender la vista de los demás con trajes asquerosos y repugnantes, y los oídos con palabras sucias y hasta inmorales. Pero lo que no pasa en otras poblaciones es la escena bárbara y continuada que aquí, al decir de los que la han visto, ocurre con los payasos celebrantes de La vijanera, a quienes llama el pueblo zamarrones. Éstos van por parejas, figurando una vieja y un viejo, y aquélla lleva en brazos un muñeco de trapo que representa un niño de pecho. Páranse delante de las casas a pedir aguinaldos, y con objeto, sin duda, de merecerlos, bailan grotescamente, ya dando brincos descomunales, ya tirándose a tierra de golpe y a trueque de lastimarse; no faltando algún zamarrón que ante el ofrecimiento de un duro o dos esté dispuesto a zambullirse de cabeza en el río. Durante el baile cantan algunos de los acompañantes un romance monótono, cuya música no varía de cadencia en ninguna de las estrofas, y que comienza con los siguientes versos:

Gracias a Dios que he llegado
al portal de tu hermosura,
donde se recrea el sol,
las estrellas y la luna.

Gracias a Dios que he llegado
donde no pensé llegar,
a darte las buenas tardes
y a venirte a vesitar (sic).

Esta fiesta, que nos recuerda la que nos pinta la mitología de los sátiros y las bacantes, se repite delante de cada puerta; y si hay gente zumbona que aplauda a los zamarrones en sus visajes y cabriolas, animándolos al par con algún vaso de vino y algunas monedas, entonces el entusiasmo de los grotescos bailarines llega a su colmo, haciendo tales atrocidades, que rayan en lo increíble y fabuloso. A veces entran en las casas, y, por sorpresa, cogen los comestibles que encuentran a mano, como chorizos, jamones o cualquiera otra cosa de comer que haya en las cocinas, siendo de rigor tomar este atrevimiento a broma y no perseguirlos por ello. Esta diversión concluye con una cena abundante, en la que toman parte todos los zamarrones, ya vestidos con sus trajes ordinarios; cena a la que suelen convidarse algunos de los comparsas, que ni han brincado ni tirádose al río, pero que les ayudan a consumir los comestibles y el vino que se sirve en abundancia".

"Carta IX" fechada en Alceda el 9 de septiembre de 1883, del libro Desde La Montaña: Cartas de impresiones de viaje dirigidas al Director de El Eco de Andalucía por Ibero Abantiade. Imprenta de Gironés y Orduña, en Sevilla, 1888.

lunes, 20 de febrero de 2017

Dos artículos de opinión, dos

"Centro descentrado", de Javier Fernández Rubio, aquí, y "La ciudad no necesita más santuarios", de Benito Navarrete, aquí.

Montañés pasón, "migratorio"

Raúl me corrije y me dice que he utilizado pasón mal, que no significa jilguero, que ni siquiera se trata de un sustantivo, sino de un adjetivo cuya traducción es "migratorio". Así, diremos que el jilguero es pasón lo mismo que lo podremos decir del avefría, los salmones, las anguilas o cualquier otro ser vivo que sea migratorio.

Cerca de Cabezón de la Sal, de camino a Treceñu, hay, precisamente, un pasu de jilgueros. Es de aquí, de estos pasos, de donde el adjetivo pasón. Dicen que los jilgueros pasones, que no todos lo son, son más grandes y que cantan mejor.

domingo, 19 de febrero de 2017

Abejas, tumbas, tejas y árboles

"Milia cubrió con un lienzo el rostro de su marido. Salió de la venta y, arrodillada delante de las colmenas, comunicó a las abejas la mala nueva:

- Señoras abejas, despertaos y producid cera: el amo ha muerto.

Luego enterró a su marido a medio camino entre la casa y las colmenas, sin olvidarse de depositar junto al cadáver una teja de la venta para evitar que el difunto le perturbara los sueños, y encargó a Garchot el leñador que desarraigara una encina del bosque y la replantara junto a la tumba: la sombra de su tupido follaje protegería para siempre el alma de su marido, y la fortaleza de su tronco haría olvidar a la ventera la pusilanimidad de su esposo.

En cuanto a su futuro, Milia no podía imaginarlo sino conforme al canon del comportamiento que la tradición imponía a una viuda: dedicaría el resto de sus días a preservar la memoria de quien había sido su marido, despojada por el paso del tiempo de los reproches que la hacían oscura y pesada. Y cuando sintiera cercana la hora de su propia muerte, volvería a llamar a Garchot, o a alguno de los hijos de este, para que plantara un aliso no lejos de la encina, de forma que las raíces y copas de ambos árboles compartieran silencio y paz a una cierta distancia."

El huésped de la noche
(Pamiela, 2013), de Ánjel Lertxundi, p. 24.

Teselas





La primer fotu y la última están jechas nel barriu Maliañu de Sanander y la del mediu en Portulín.

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