lunes, 5 de febrero de 2018

"Como la noche interminable"

Da miedo pensarlo. Por eso, quizá, es que lo dejamos estar como mera excrecencia del presente.

Que la flauta de hueso de buitre, por ejemplo, existe entre nosotros simplemente como instrumento pastoril, de circunstancias, y que la relación que podamos establecer con las flautas de hueso de buitre prehistóricas, iguales a las nuestras, es, si acaso, tipológica, formal, ambas flautas paralelos desconectados, distanciados por milenios. De ahí que el repertorio que conocemos de la flauta de hueso de buitre cabuérniga (yo he oído tocar "al pasar el ríu madre" y las pupilas se dilatan inconteniblemente) no sea considerado más que como tradicional o popular (que es un etiquetado contemporáneo).

Que un paisano montañés te cuente que el cromlech de Sejos es la tumba de dos príncipes que se enfrentaron para resolver un conflicto provocado por el control de pastos, solo una leyenda actual que sirve para explicar el monumento megalítico.

Que sin salir de Sejos haya menhires marcando líneas divisoras todavía hoy operativas, mera coincidencia. Por cierto, que en montañés se dice manjir y no sé si es neologismo o no.



Debe ser por el miedo que da pensarlo.

Porque y si no todo fuera producto del minuto y resultado. Y si la flauta de hueso de buitre (pastoril), la tumba de los príncipes (leyenda para explicar el cromlech), las líneas imaginarias que trazan los menhires de Sejos (coincidencia de fronteras) no fueran actuales, y si no fueran un instrumento de ocasión, una leyenda para explicar el cromlech o una mera coincidencia de líneas divisorias. Hay entre nosotros elementos heredados del pasado, elementos, claro está, transformados (el cambio es la única máquina del tiempo que existe), actualizados pero cuya densidad temporal es reconocible si adoptamos una óptica, digamos, menos compartimentada: y si el río fluyera, y si, a diferencia de los ríos holandeses, no tuviera que salvar compartimentos estancos.

Atención, no digo que podamos salirnos de nuestras coordenadas actuales (como si éstas fueran una tarta y nosotros la sorpresa que lleva dentro) para movernos en una especie de atemporalidad objetiva, lo que digo es que adoptemos otra óptica dentro de nuestras coordenadas, inevitables, la óptica que reconoce (de forma subjetiva, de qué otra forma) en determinados elementos su genealogía (óptica que, por otra parte, no deja de ser otra forma de interpretar el pasado desde el presente, y soy consciente de ello). Mi apuesta es, a fin de cuentas, por la valentía. Ante nuestras limitaciones optar no por la solución que menos duela sino por la más consciente y abierta.

Es como cuando alguien te entera de que existe el montañés y de golpe y porrazo muchas palabras de tu día a día dejan de ser para tí castellano, caso de baza, de tendal, de rampla o de tantas. Es una sensación rara, que desazona, pero emocionante.

Algo parecido me pasó el sábado visitando la cueva del Castillo de Puente Viesgo.

En la cueva del Castillo, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, hay no sé si decir una escultura de una figura humana erguida que viste piel de bisonte, más que vestir la piel, es un ser humano transformado en bisonte, incluidos los cuernos:



Más aquí.

Viendo esta figura frente a frente, quizá chamán, me vino a la cabeza la pregunta que me hizo el otro día Raúl Molleda: ¿por qué será que los osos de los carnavales pirenaicos tienen cuernos?



La de la foto es la máscara del oso del carnaval de Ituren.

Es una pregunta sin respuesta, obviamente. Pero y si los toros rojos que según la tradición habitan ciertas cuevas vascas fueran parientes de los animales pintados en sus paredes, no una forma de interpretar las pinturas de las paredes, sino los toros rojos de la tradición parientes de esos mismos animales, animales mentalmente vivos, y más, y si los osos con cuernos de los carnavales pirenaicos fueran parientes de esos hombres transformados en animales, no una forma de interpretarlos (difícilmente, teniendo en cuenta que estas manifestaciones artísticas fueron descubiertas no hace más de un siglo), sino efectivamente esos mismos hombres convertidos en animales, el oso como arquetipo de las profundidades, los pirenaicos conservando el marcador que son los cuernos, no así el cántabro de Silió, también de la familia, hombres bestias encarnados cada solsticio de invierno.



Oso de La Vijanera.

Da miedo pensar que haya elementos entre nosotros heredados directamente de un pasado tan remoto. Primero vértigo, más que miedo. Y luego miedo: porque si esos elementos han llegado a nosotros, ¿quiénes son los que los han traído desde tan lejos? Nosotros, obviamente. ¿Y quiénes somos nosotros? ¿Qué honduras guardamos?



Digo que da miedo y que es por eso que nos cuesta pensar en clave continuista, nosotros, herederos. Pero quizá nos cueste no porque nos de miedo, sino porque no nos dejen: es éste un posicionamiento puramente político que está empezando a cuajar en Cantabria: que somos, pero que no nos dejan ser. Político y legítimo. Pero, aun con todo, quizá lo más certero sea pensar que efectivamente es el miedo la primera resistencia, y que las autoridades no están precisamente por la labor de quitárnoslo, más bien al contrario, que su papel es fomentarlo. El miedo está de su parte.

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