Digo gente de izquierdas porque es a los que veo más preocupados. Los de derechas callan porque creen que los paisanos son unos incendiarios y no les parece mal. Ni bien. Les da igual.
Reconozco dos niveles: (1) Mal quemar. Pero no siempre. (2) Mal cuando se quema sin control porque es cuando se producen los incendios incontrolados.
(1)
A mí me sale decir que quemar es malo porque cuando voy al monte y veo laderas que están perdiendo la tierra y donde empieza a florecer la roca me da miedo y sé que es malo. En estos casos me viene siempre a la cabeza Grecia. De vergel a pedrusco. Pero eso es lo que yo veo. Seguro que veo otras muchas cosas buenas (por ejemplo brañas) de las que desconozco todo el trabajo que hay detrás, incluidas probablemente quemas controladas.
Así que no hay que atacar de frente. Ni de frente ni de costado. No hay que atacar. De hecho creo que lo mejor es empezar poniéndose del otro lado y decir que las quemas son buenas. De esa manera seguro que es más fácil identificar las que son malas.
Entonces, bien quemar. Pero no siempre.
(2)
Dando por hecho que es necesario quemar, el problema es que se está haciendo sin control. ¿Por qué? Por falta de organización (no funciona) que ha devenido en falta de confianza (voy a mi bola: se llama desafección) que a su vez ha provocado una reacción punitiva equivocada (la principal prueba que encuentra la policía buscando por el monte tras un incendio es la de un enorme fracaso).
No funciona porque no funciona. Solo hay que mirar alrededor estos días. Si está pasando no es porque la gente sea mala o tonta, no hacemos nada insultando. No funciona porque algo se está planteando mal (se me ocurre, por ejemplo, que haya que hacer muchas gestiones costosas para practicar quemas controladas cuando estas solo se pueden hacer bajo condiciones muy particulares difíciles de prever, o porque falta información, sin más: pero la principal, y es la que más pena da, es porque la administración se siente muy lejos y en contra). Nos pasa a todos en distintos ámbitos de nuestra vida, no es algo que afecte solo a los ganaderos, y menos tal y como están las cosas (probad a hacer cualquier gestión, por ejemplo en el banco): en el fondo lo único que queremos es que nos escuchen, no que nos amenacen, porque entonces va a ser peor, y que nos ayuden (los economistas con el banco, los medioambientólogos o los biólogos en la gestión del territorio), que nos ayuden a resolver nuestra situación. Pero que nos ayuden, por ejemplo dándonos información objetiva. No que nos manden. Nosotros cuando pedimos a un fontanero que nos arregle una fuga no le damos las llaves para que se quede luego a vivir en nuestra casa. Si nos dice que en lugar de dos grifos se puede poner solo uno tendremos que hacerle caso, pero mi casa no deja por eso de ser mía.
Más que de penalización (fracaso absoluto) o de control (que es la ausencia de penalización, pero bajo su amenaza) habría que hablar de una mejor organización de base. Esa es la clave. Que empiece quien puede por donde debe.
Estoy seguro que cuando los ganaderos ven la tierra correrse y asomar la piedra infértil lo pasan igual de mal que yo.
Pasa algo parecido con el lobo. Apostar por el exterminio o extinción es fruto de la desafección. En vez de huir hacia delante habría que retroceder (incluso en el sentido de retomar ideas antiguas sostenibles que pese a ser viables sufrieron borrado colonial, y sigue: ahora ha tocado ser reserva energética y plaza turística), habría que retroceder, digo, y reactivar fórmulas de convivencia que no obliguen a unos pocos a dar de comer con su ganado a los lobos mientras otros muchos están criticando apoltronados en los sillones de sus despachos. Ni a matarlos.
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