Había un mendigo sentado en el extremo de uno de los bancos corridos de piedra de la alameda y una empleada de la empresa de cuidado de jardines de Santander que bajaba con una máquina portátil de esas que echa viento para ir arrastrando las hojas caídas en el suelo.
Cuando la de la limpieza llega a la altura del mendigo, este sube los pies para no molestar, como si fuera otra vez niño, estuviera en el sofá de su casa y tocara limpieza.
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