Iba andando por la acera que bordea el monte. Al verlo, crucé y sin que llegara a la mediana se puso a llover. Me cubrí con el cortavientos que llevaba atado a la cintura y me puse a sacar fotos de las flores secas que había dentro, metidas en un jarrón, de las que el modo IA de mi móvil reconoció Limonium (también había restos de cala), y fuera, atadas a la reja, algunas de plástico con el color apagado por el sol y otras naturales, de las que el móvil reconoció:
Valeriana roja y:
Vulneralia.
A las que estaban en macetas en el suelo no las presté atención. El nombre de las anteriores las había apuntado a lápiz en las páginas de respeto de un libro que llevaba y con la lluvia se me estaba mojando, así que no seguí.
Volví a cruzar y seguí subiendo. Dejó de llover. Hice fotos a dos flores de la cuneta:
Galio blanco.
Geranio silvestre.
A la vuelta, pasadas un par de horas, pregunté a una señora mayor que estaba fumando a la ventana de su casa con la bata de guatiné puesta, varias colillas en el suelo que el agua de lluvia todavía no había tenido fuerza para llevarse, y me dijo:
bien pero hace mucho frío, aquí
en invierno no vemos el sol
nada. No hay árboles
ni edificios alrededor
nada que resguarde
aquellos que están construyendo
donde las grúas: rápido suben
igual de rápido caerán
verás, vistas sí y guardias
ese es el cuartel antiguo
y por detrás está el nuevo
aquí vivimos rodeados
solos, también
dijo. Le pregunté entonces por el santucu y respondió que ni idea de quién lo mantenía ni de quién se encargaba de las flores: ellos serán, añadió, e hizo así con un gesto.




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