La terraza estaba llena de turistas. Sobre todo parejas jóvenes vestidas de corto y con colores claros. También estaba El Pintu ocupando una de las mesas pequeñas que están a la puerta de la antigua taberna, ahora restaurante de fama, en el pueblo de Valle. Nosotros bajábamos recién del monte, empapados y con las botas haciendo agua. Paramos a saludar.
Vaya cabarrizu traemos, le dijimos. El Pintu es hablante patrimonial y habla fuerte. Yo sentía miraditas alrededor. Le preguntamos por los nudos de serpientes que se encuentran a orillas del río, por las huellas que dejó San Andrés en una piedra de camino a Viaña, de los tejados de madera de las cabañas de pastor...
Seguía el cuchicheo en las mesas vecinas. Entonces El Pintu sacó su cartera y un mazo de papeles doblados de dentro. Eran trovas suyas. Las trovas se sacan (este es el verbo para las trovas) de casos anómalos, informó. Nos leyó una:
Trataba sobre respeto.
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