Nos cruzamos a la altura de un cajero del centro, uno que hay cerca de una máquina de asar castañas que imita a una locomotora, no echaba humo porque es de gas, llovía y no llevábamos paraguas. Nosotros íbamos encogidos y del brazo y ella con los brazos en alto le estaba explicando al chico que la acompañaba cómo era
la baila de Ibio. No mostraba mucho entusiasmo, él. Tenía pinta de ser de aquí.
Ella se puso a imitar el sonido de la caracola.
Llovía, pero no mucho.
Paró gente a mirar, pero poca y poco tiempo. Tampoco ella insistió demasiado.
Nosotros íbamos a sacar dinero al cajero.
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